Ayer, cuando volvíamos a casa, nos cruzamos con el rebaño de ovejas que pasta por aquí. Siempre las miro con una mezcla de alegría y dolor: las veo felices explorando y comiendo pero no sé si van a morir pronto. Sobre todo me duele ver a los corderitos. Ayer pasaron varios, tan adorables que me dieron ganas de robarlos para asegurarme de que no acababan en el plato y hasta me visitó un arranque de rabia que suele hacer acto de presencia cuando pienso que me compañero sí come animales.
En estas pasó uno pequeñísimo, recién nacido, pues todavía tenía colgando el cordón umbilical. Andurreaba al lado de los otros, con esas piernecitas ya tan ágiles, el cuerpecillo blanco y los ojos y la boca negros. Tan nuevo. Parecía sonreír. Toda la vida por delante. Sólo alcancé a gritar: ¡No os lo comáis! ¡No os lo comáis! Por favor, por favor, por favor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario